
¡Necesitamos crecer!



Todo puede verse de una manera diferente.
Incluso los sueños rotos pueden repararse...
Cambiar de perspectiva puede cambiar nuestra forma de vivir una situación.
Pero ¿qué ocurre con nuestros sueños?
¿Puede una nueva perspectiva cambiar también un sueño que parece haberse roto?
Para esos sueños, pondremos en marcha la máquina de los sueños rotos.
“
A Grace siempre le había fascinado la música. Sobre todo, el sonido del violín.
Su madre, a la que apenas recordaba, había dejado algunos CDs antiguos en casa. Su padre nunca quería hablar de ella. Decía que se había ido y, cada vez que Grace preguntaba algo más, encontraba alguna manera de terminar la conversación.
Por eso escuchaba aquellos discos a escondidas.
Algunos tenían los títulos medio borrados. En uno podía leerse Vival…. En otro, apenas Yaz….
Internet resolvió el primer misterio.
Vivaldi.
También encontró tutoriales para aprender a tocar el violín. El problema era que Grace no tenía uno.
Con una madera vieja y las herramientas de su padre construyó algo que, con bastante imaginación, podía parecerse a un violín. No servía realmente para tocar, pero sí para colocar los dedos, practicar movimientos y seguir una y otra vez las instrucciones de los vídeos.
Hasta que un día ocurrió algo inesperado.
La profesora llegó a clase acompañada de una amiga.
—Hoy tenemos una invitada. Es profesora de violín.
A Grace se le aceleró el pulso.
Consiguió sentarse en primera fila y pasó la clase mirando a aquella mujer como si pudiera obligarla a descubrirla. Al cabo de un rato, viendo el aburrimiento general, la violinista prácticamente acabó hablando para ella.
Cuando terminó la clase, Grace se acercó. Le contó que quería tocar el violín. Le contó lo de los tutoriales. Y también lo del extraño instrumento que había construido.
La mujer la invitó a visitar su escuela.
Allí puso por primera vez un violín de verdad entre sus manos.
Grace lo sostuvo como si le hubieran confiado una joya.
Intentó tocar. El sonido fue espantoso.
La profesora sonrió.
—Tocar el violín es muy difícil. No te preocupes si al principio no sale.
Se giró para buscar unas partituras.
Entonces sonó una nota. Después otra. La profesora se volvió. Grace estaba tocando Vivaldi. No perfectamente. Ni mucho menos. Pero había algo en la forma de hacerlo que la hizo sentarse y escuchar.
De pronto Grace cambió.
Los arpegios empezaron a seguir una música completamente distinta, extraña para un violín.
La profesora frunció el ceño. Intentó reconocerla. Y de pronto abrió mucho los ojos.
Sacó el teléfono y marcó un número.
—Escucha esto.
No dijo nada más hasta que Grace terminó.
—¿Sabes qué acabas de tocar?
Grace negó con la cabeza.
—Está en unos CDs de mi madre. Mi padre no quiere hablar de ella. Dice que se fue. Yo casi no la recuerdo.
La profesora permaneció unos segundos en silencio.
—Quiero que ensayes esa música.
—Tengo más.
—Pues esa también.
Guardó el violín en su funda y se la tendió.
—La semana que viene tráelo a esta dirección. Y ven con tiempo. Vamos a hacer algo diferente.
Grace miró la funda.
—¿Me lo puedo llevar?
—Claro.
Una lágrima apareció en sus ojos antes de que pudiera evitarlo. Abrazó a la profesora.
—Gracias.
Durante los días siguientes practicó a escondidas.
Cuando su padre no estaba, sacaba el violín, ponía aquellos viejos discos y tocaba sobre ellos. Sintetizadores de otra época, ritmos que no conocía, arpegios que repetía y después modificaba buscando algo que todavía no sabía nombrar.
Y, por alguna razón, mientras tocaba aquella música sentía a su madre un poco menos lejos.
Finalmente llegó el día.
Había quedado con la profesora a las cuatro. Se arregló todo lo que pudo. Miró la hora. Todavía tenía tiempo.
Su padre no solía volver hasta las seis. Podía hacer un último ensayo.
Sacó el violín. Puso el disco. Y empezó a tocar.
No oyó abrirse la puerta de casa. Sólo el golpe cuando la puerta de su habitación se abrió violentamente.
Su padre estaba allí.
—¡Te dije que no quería oír esto!
Arrancó el enchufe y la música se detuvo. Grace apenas tuvo tiempo de reaccionar.
Su padre le quitó el violín de las manos. Estaba furioso. Pero también tenía lágrimas en los ojos.
—A tu madre también le gustaba la música. Pero aquí no, Grace. Aquí no más.
Y estampó el violín contra la pared.
Grace se quedó inmóvil.
Miró el instrumento roto en el suelo. Miró a su padre. Y después el reloj. Salió de casa corriendo.
Afuera llovía.
Grace siguió corriendo sin saber exactamente adónde iba, con el violín roto entre las manos."
Historia original de Philippe Centell
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